Un trabajo de temporada en un parque temático de Japón
dedicado a la cultura española no era algo que, de entrada, fuera a arreglarle
la vida a un desapercibido artista español. Pero, sin duda, a mí iba a suponerme una oportuna bocanada de aire, teniendo en cuenta que la gran crisis en Europa no estaba
dejando títere con cabeza.
Poco a poco,
con el paso de los días, ese aire se me había ido tornando el más puro oxígeno
que jamás había respirado. Y eso no se debía tan solo a todo el jazmín que había allí plantado, ni apenas era por ese profundo olor a océano o a casita de madera de pueblecito de pescadores. No era ni tan siquiera por los abundantes bosques de bambú de la zona, ni por esa fragancia de río con
ranas, con grandes peces de colores, tortugas y garzas enormes, como solitarios ángeles
blancos al atardecer, que frecuentaban los alrededores. Era por esa rara ensoñación que
transpiraba la gente del lugar cuando se imaginaban el remoto y exótico país del que
yo procedía.